Superhéroe Tesla


Aun siendo nuestro imaginario científico y tecnológico pobre, incluso siéndolo en grado superlativo, resulta capaz de identificar algunos nombres, tener una idea de sus hallazgos y logros e incluso asociarlos a una imagen icónica. Nuestro conocimiento podrá ser escueto, vago o confuso y la imagen que evoquen, tal vez, estereotipada y simplificadora, pero los apellidos Curie, Darwin, Newton, Edison y Einstein no están vacíos de contenido. Son los mismos que José Manuel Sánchez Ron citó como algunos de sus “héroes” ayer en la presentación del libro Yo y la energía antes de reclamar para su autor, Nikola Tesla, un puesto junto a ellos. Tal reivindicación asumía no sólo que Tesla, tan conocido en su tiempo como su competidor Thomas Alva Edison, había sido perfectamente olvidado por el imaginario popular, también que su nombre fue borrado casi por completo de la historia que tiene, sin embargo, muy presentes a Maxwell, Faraday y al mismo Edison.

Tal y como apuntó Miguel A. Delgado, autor del ensayo que sirve de presentación a los textos de Tesla que ha traducido por Cristina Núñez Pereira, no es fácil explicar cómo se ha perdido la memoria de un hombre cuyos descubrimientos son los mismos que siguen moviendo nuestros motores y nuestro mundo; del propietario de las diecisiete patentes que pirateó Marconi para pasar a ser considerado el padre de la radio; del visionario que habló de la necesidad de una energía limpia e inagotable, de las posibilidades de la energía solar y de la que se podría obtener del viento o las mareas; del tecnocientífico obsesionado por la transmisión inalámbrica de energía; de una inteligencia capaz de diseñar, probar y corregir en su cerebro una máquina antes de llevarla a un plano; de una imaginación que no soñaba un nuevo invento, sino que estaba al servicio de una visión transformadora del mundo. Es tan cierto que Tesla fracasó estrepitosamente donde Edison tuvo éxito, en la explotación comercial del resultado de sus trabajos, como bien sabido que la historia la escriben los triunfadores y que su relato aniquila las posibilidades que su victoria arrambló. No obstante, Delgado se negó a tomar a Tesla por un perdedor: “Si la mayor gloria corresponde a aquellos que transforman el mundo, Nikola Tesla es uno de los mayores triunfadores de la ciencia y la tecnología”. Todavía no sabemos si algunas de sus ideas y proyectos son factibles, pero sí que han mostrado resistencia a envejecer como los trastos inútiles aparcados en el desván de las utopías ingenuas o de la ciencia-ficción concebida para el gusto freak: están sirviendo hoy de inspiración para los trabajos de algunos investigadores. Sánchez Ron concedió que muchas de las preocupaciones de Tesla anticiparon las que poseemos un siglo después, pero alertó sobre la falacia que supone ceder a la tentación de asumir la megalomanía que le hizo creer que vivió y habló para el futuro: “Tesla no nació fuera de su tiempo, era un hombre de su tiempo, de un tiempo que todavía toleraba a hombres excéntricos como él”.

La recuperación de Tesla ha quedado en manos del cine –David Bowie interpreta al personaje en El truco final. El prestigio, de Christopher Nolan-, del pop, del rock, del videojuego, del cómic. Los rasgos excéntricos de su carácter –revelados en anécdotas biográficas que dibujan el perfil de un personaje fascinante, que no por casualidad ha llamado la atención de escritores como Auster, Pynchon y Echenoz– y el lugar excéntrico al que fue confinado por la historia de la ciencia así lo han propiciado. La cultura pop ha hecho suyo a Nikola Tesla: el héroe olvidado por los científicos se convierte en superhéroe. Y “Superhéroe Tesla” es precisamente el título que Miguel A. Delgado ha dado al texto de presentación que abre el libro Yo y la energía, proyecto editorial con el que Turner, que ya publicó el año pasado la biografía de Tesla por Margaret Cheney, corrobora su intención de llevar al superhéroe que sobrevuela de forma casi clandestina los márgenes de la cultura a espacios más amplios.


Ateos



Respuesta del jesuita español que, en Las ilusiones perdidas de Balzac, escucha a Lucien Chardon declarar su falta de fe en un dios:

“-¡Santa Virgen del Pilar!... ¡Es ateo!... En España no creemos en los ateos…


Consignas


El Mundo daba a conocer ayer el decálogo del “tuitero” socialista. De los diez preceptos que los militantes han de respetar durante la próxima campaña electoral, el periódico destacaba aquel que dice: “Hay que expresarse de modo personal, pero jamás deslizar opiniones personales. A la gente le atrae saber qué opina un partido político que utilice sus propias palabras. (…) Jamás hay que ir más allá de lo expresado por nuestros portavoces, argumentarios o notas de prensa”. El comentario editorial de El Mundo motivado por tal mandamiento afirmaba: “Ese finge que eres tú pero transmite sólo lo que yo te diga no es más que un fraude propagandístico virtual”.

El caso me ha recordado un artículo de Miguel Delibes sobre la censura franquista en los años 40. El periodista explicaba cómo la Delegación Nacional de Prensa hacía llegar a los periódicos consignas con el tratamiento que debía darse a cada noticia:

“Pero algo como una mala conciencia debía existir en los altos rectores de la prensa nacional cuando, con ocasión de una convocatoria para cubrir 50 plazas del Cuerpo Técnico de Secretarios Sindicales –‘que brinda a la juventud titulada española una magnífica ocasión de concurrir a una oposición que ofrece la ventaja cierta de la fijeza de la colocación’- encarecían de los diarios la redacción de una nota laudatoria en cuyos términos ‘no se hiciese evidente que se trataba de una consigna’. La tarea del reportero se hacía así más difícil todavía: había que escribir al dictado pero aparentando que se era espontáneo, de que lo escrito le salía al periodista del corazón”.

Así que lo de afectar convicción y espontaneidad en la repetición de las consignas no parece ser un fraude propagandístico, sino una genuina estrategia propagandística. Otra cosa es que la propaganda sea siempre un fraude de naturaleza totalitaria.

O exiliado da rúa Vaugirard (e V)



5. O MUNDO DE ANTANO.

Santiago Casares Quiroga viviu os seus últimos anos nun apartamento do número 148 da rúa Vaugirard de París xunto a súa filla María, quen describiu deste xeito aquel domicilio:

"O pequeno apartamento empoleirado no sexto andar da casa burguesa estilo 1930 que fai esquina rúa Vaugirard, calella Enfant-Jésus, con xanelas a babor e a estribor dando para a rúa, para a calella e para o patio que compartía co hotel Paris-New York, presentábase, sen dúbida ningunha, aberto como estaba aos catro recantos do ceo e aos tellados de París, como un lugar privilexiado para a comunicación. Coas pombas primeiro, que as había por centenas; co ceo despois, que se vía por todas partes; coa cidadanía, que mostraba a quen a quixese ver, a súa intimidade, baixo os teitos; e para rematar, cos moradores do propio lugar, pois nas paredes nas que non había xanelas, era ben raro que non houbese portas, a maioría delas con vidros".

Aquel lugar que, aberto á cidade, convidaba a comunicación foi, en realidade, o escenario no que pasaba meses enteiros recluído Casares Quiroga, minguado polo seu feble estado de saúde e illado politicamente. O pombeiro da rúa Vaugirard podía ser un magnífico miradoiro sobre París, pero máis que á cidade, a súa ollada volvíase cara a un espazo perdido –A Coruña, onde a súa filla e a súa neta ficaban, reféns da ditadura franquista– e tamén, por veces, a un tempo pasado. Así, un azar, que quixo facerlle chegar unha carta da súa filla María un 14 de abril, o do 16º aniversario da proclamación da “fenecida República”, espertou en Casares Quiroga as lembranzas dos tempos e das persoas asociadas a “un ideal perseguido tenazmente”. Aquel aniversario, o de 1947, trala recente crise do goberno Giral provocada polos prietistas, sería o primeiro en que non ía participar na ritual festa conmemorativa, “presidida por quienes se disponen a enterrar hasta el recuerdo de la República”. A decisión da ausentarse fora tomada con plena consciencia: “Es otro lazo –el último– que corto de los que me unían al pasado. Voilà!”. A súa defensa da vixencia das institucións da República no exilio fronte ás teses dos que discutían a oportunidade da súa subsistenza non quitaba para que Casares Quiroga discrepara da súa política dende o seu mesmo restablecemento, cando se resolveu desbotar a continuidade de Negrín como presidente do goberno republicano. Disentiu das liñas mestras da política deses organismos e tamén daquelas puramente simbólicas, como a creación en 1948 da Cruz de Gran Comendador de la Orden de la Liberación:

"El Gobierno, no contento con haber creado esa fantástica orden antes de que la liberación se produzca (y sospecho que nunca estuvo más lejos) se atiza a sí mismo, en la persona de Su Presidente, sus más altas insignias con una modestia, una elegancia y una oportunidad que nunca serán bastante alabadas... Pobre República! ¡Quién le había de decir a ella, tan violenta y tan trágica, que habría de morrir entre carcajadas!”.

Vivía “nunha soidade total”, segundo a súa filla; facendo abasto de paciencia para, nas súas propias palabras, “no estallar como un triquitraque en esta bendita casa que cada vez se me cae más encima”, cunha acusada sensación de arredamento do mundo, de vida detida: “aquí la vida sigue tan igual a sí misma como siempre; y no es de esperar que cambie”. Aínda podería engadirse máis, impuxéraselle a idea de que o mundo do que estaba afastado xa non era o de seu. Referíndose ao “antiguo ‘clan’ de Dormers”, o grupo de exiliados en Londres ao que el mesmo pertencera, dixo que eran “gentes todas del otro mundo, es decir, del anterior, de aquel en que se viajaba sin pasaporte, ni visados, ni restricciones monetarias, etc., etc., etc.”. Podería semellar un tanto desproporcionado que Casares Quiroga condensara a esencia do mundo do que procedía na liberdade de movementos que facía innecesarios permisos, autorizacións e unha chea de trámites burocráticos para cruzar fronteiras. Sen embargo, outros expatriados europeos das mesmas datas radicaron, tamén aí, o esclarecedor síntoma da fonda crise que reduciu a cascallos os principios e os valores dun mundo finado. Tal foi o caso de Stefan Zweig quen, nas súas memorias, significativamente tituladas El mundo de ayer, enfronta un pasado no que as fronteiras non eran “más que líneas simbólicas que se cruzaban con la misma despreocupación que el meridiano de Greenwich” a un presente no que el pasara a facer parte dunha clase de homes, privados de dereitos e sen patria, que espertaban a desconfianza de todos os países:

"Parecen bagatelas. Y a primera vista puede parecer mezquino por mi parte que las mencione. [...] Constantemente éramos interrogados, registrados, numerados, fichados y marcados, yo todavía hoy –como hombre incorregible que soy, de una época más libre y ciudadano de una república mundial ideal– considero un estigma los sellos de mi pasaporte y una humillación las preguntas y los registros. Son bagatelas, sólo bagatelas, lo sé, bagatelas en una época en la que el valor de una vida humana ha caído con mayor rapidez aún que cualquier moneda".


O epistolario de Casares Quiroga coa súa filla permite descubrir ata que punto lle resultaba magoante a súa condición de exiliado, pendente da concesión da graza administrativa dos papeis que lle permitiran viaxar ou instalarse nun país. A evidencia lacerante do que iso significaba tivo que revelárselle cando en 1940, fuxindo da Gestapo e das autoridades de Vichy, el, exiliado republicano establecido en Francia, viuse obrigado a fuxir da cidade da que Azaña dixera que a ninguén lle negaba un sitio onda o lume, a buscar un novo país de asilo. Caera a República e agora asistía á derruba de Francia. “Francia, la Francia que creíamos inmortal, se había hundido”, escribiu outro espectador daquela derrota, o xornalista Manuel Chaves Nogales. Este acertou a definir o que era Francia para a súa xeración: “un mito de la democracia, de la libertad, de los Derechos del Hombre”. Daquel mito ían ser desposuídos milleiros de homes, el mesmo, exiliado republicano en París e exiliado de París en Inglaterra, como o foi Casares. No limiar a La agonía de Francia, pódese ler:

"Toda Francia era una creación espiritual conseguida en veinte siglos de civilización, de lucha constante contra la barbarie. [...] La fe en Francia era una fe ciega, universal. Creían en ella quienes la conocían a fondo y quienes la ignoraban; hasta sus enemigos; hasta los salvajes. No era una doctrina que en cualquier momento puede revelarse falsa. No era una fe de doctrinario, de partidario, de defensor de un dogma la que Francia engendraba. Era la fe natural del hombre en lo que es humano y en todo lo que está al alcance de su comprensión [...].
Francia tenía a orgullo el ser tierra de asilo y se vanagloriaba de que todo hombre civilizado tuviese dos patrias, la suya y Francia. [...]
Yo he visto y he sentido hondamente la amarga decepción de esos cientos de miles de hombres que, perdida su patria por la expansión triunfante de la barbarie totalitaria, llegaban a Francia creyendo encontrar en ella el baluarte de la democracia y la civilización y se encontraban con un nazismo vergonzante, larvado, con el cadáver maquillado de una República Democrática en cuyas entrañas podridas germinaba la gusanera del totalitarismo".


A derrota de Francia sentiuse coma unha derrota propia. “Era la segunda patria que perdíamos”, foi o pensamento de Chaves Nogales cando, a bordo dun barco no que tremelaba a bandeira da Union-Jack, viu desaparecer do horizonte a costa francesa; e se cadra foi o que sentiu Casares durante a súa travesía de 1940 a Inglaterra.

Casares, cidadán do mundo anterior ao cataclismo da guerra, podía ver dende o seu apartamento da rúa Vaugirard o veciño hospital Necker. Seguramente non sabía que alí, tan preto, fora a morrer en 1939 outro naufrago europeo daquelas datas, o escritor e xornalista Joseph Roth. Nun dos seus últimos artigos, titulado “Nuestra patria, nuestra época”, escribira:

"Contra todas las apariencias, hay más fatalidad en la época que en el lugar de nacimento. Ninguna patria da a sus hijos tantos rasgos específicos y comunes como una época a los suyos. […] No en vano se habla de “espacios de tiempo”, como si el espíritu humano buscara un término para denominar esas patrias que no están englobadas en un territorio, sino dentro de unos límites temporales. [...] De una patria que le ha sido a uno asignada únicamente por la época, no puede uno apartarse ni huir. Podemos, aunque con dificultad y esfuerzo, marcharnos de los países cuya nacionalidad arrastramos. Pero de la época en la que hemos nacido jamás podremos escapar, a no ser mediante la muerte. [...] todos somos hijos de nuestro tiempo, hemos sido marcados por él, es más, marcados a fuego. Nuestra época es nuestra patria".

Casares era un exiliado da II República, a síntese dun país e dun tempo perdidos irremisiblemente. O exilio constituía a dolorosa constatación dunha derrota moi semellante á descrita por Stefan Zweig: todo o pasado estaba prescrito e todo o realizado, destruído . Viviu os últimos anos en París, unha cidade que conservaba o mesmo nome daquela que simbolizara unha patria espiritual, pero que era outra. Por iso Casares non foi un exiliado en París; foi o exiliado da rúa Vaugirard. O apartamento do sexto andar do número 148 da rúa Vaugirard converteuse nunha especie de montaña máxica dende a que contemplou a ruína do seu mundo. Alí, nas crises provocadas pola súa tuberculose crónica e coma un Hans Castorp, vivía pendente dos graos que marcaba o termómetro, que rexistraba meticulosamente na súa axenda ata a véspera da súa morte.

Santiago Casares Quiroga faleceu o 17 de febreiro de 1950. Naquela hora na que todo o pasado estaba prescrito, a que non prescribira era a responsabilidade que lle fora atribuída por non abortar en 1936 o golpe de estado e a guerra. Fronte á contumacia das críticas e aldraxes procedentes da ditadura franquista e tamén do mesmo seo das forzas republicanas no exilio, que solidificaron un xuízo repetido e asumido por tantos historiadores, cabe recuperar dúas achegas comprensivas á figura de Casares datadas nos días posteriores á súa morte. A primeira débese a un vello compañeiro da ORGA, Alfredo Somoza. Quen se enfrontara a Casares por mor da súa frouxa defensa do proxecto autonomista para Galicia, debuxou en Lealtad, xornal editado polo Centro Republicano Español de Montevideo, o retrato dun político que non dubidara en pór o seu talento, cultura e patrimonio económico ao servizo da República:

"Quizá no falte quien en estos momentos entre a analizar el acierto que en los últimos años acompañó la actuación de Casares como gobernante, actuación en la que seguramente entraron por mucho circunstancias que aparecieron inesperadamente en el campo de la política española. Por esto en el juicio de su obra habrá voces discrepantes. Yo lo estuve de él en diversas ocasiones. Pero bastaría para librarle del juicio de los insatisfechos, el ver la saña verdaderamente africana con que fue perseguido, injuriado y calumniado por los enemigos de la República y la libertad.
Pero sobre todo esto una cosa es cierta y en ella habrán de concordar todas las voluntades: que si en su actuación pudo no acompañarle siempre la fortuna, en cambio, y ello vale mucho más, toda su vida política y privada sea un modelo de honestidad y austeridad republicana que pueden ser ofrecidos como la ejecutoria inequívoca de su hombría de bien. Y es de esto de lo que habrán de nutrirse nuestros ideales de futuro".

O segundo testemuño non foi escrito para ser dado á publicidade. Trátase do apuntamento que Diego Martínez Barrio fixo no seu diario persoal o 19 de febreiro de 1950, o día no que Casares foi enterrado no cemiterio de Montparnasse:

"Santiago Casares ha muerto. Hace años vivía muriendo. La enfermedad crónica que le aniquilaba lo había retirado del trato con los hombres.
Él, como yo, fue una improvisación de la Segunda República. Yo no lo olvidé ni un solo instante. Casares, sí.
Salvo casos singulares, excepcionales, las improvisaciones traen de la mano muchos riesgos. Para neutralizarlos se necesita ir despacio, tantear, avanzar, retroceder... Cualquier profesión requiere normalmente aprendizaje y experiencia antes de llegar a la maestría. Los gobernantes, en las democracias latinas, van más deprisa. Un político afortunado puede llegar desde la oscuridad al Olimpo sin grandes dificultades. Es más tarde cuando comienzan los riesgos. No sólo los propios sino los ajenos.
Casares fue Ministro y Presidente del Consejo de Ministros. Demasiado, quizás. Sus equivocaciones y yerros, tuvieron, sin embargo, una compensación: la conducta que se impuso y siguió durante la guerra y los años dolorosos de la emigración. Ha vivido la derrota como un buen republicano y ha aceptado la pena que nos ha impuesto los acontecimientos como un gran caballero español.
D.E.P."

Ambos textos recoñecían a Casares Quiroga o único mérito do que se consideraba posuidor e a única dignidade que reivindicou con orgullo: unha vida republicana limpa.

O exiliado da rúa Vaugirard (IV)


4. A FE NA POLÍTICA DA FRONTE POPULAR.
Santiago Casares Quiroga foi un daqueles republicanos que, disidentes dos seus propios partidos, prestaron o seu respaldo a Negrín no exilio. Pero non cómpre ver aí un punto de inflexión tallante na traxectoria política do coruñés. As súas relacións con Izquierda Republicana estaban lonxe de ser as mellores posibles xa antes do inicio da guerra civil. Certas decisións viñan incomodando a algúns membros do partido. As memorias dun dos discrepantes, Emilio González López, inclúen o relato dalgúns dos episodios nos que se puxeron de manifesto tales tensións. Por exemplo, a decisión de que os deputados da minoría se retiraran das Cortes en outubro de 1934, contra os que crían que “era en el parlamento donde debíamos atacar la política del nuevo gobierno radical cedista, y no en la calle, en la que hablan las armas y no las palabras”, foi atribuída a Casares. Aquela medida e maila nota feita pública por Izquierda Republicana na que ameazaba con “acudir a todos los medios en defensa de la República”, en realidade aprobada por Manuel Azaña , foi vista coma un intolerable xesto de solidariedade co movemento revolucionario e obxecto dun agre debate nunha reunión do consello nacional de Izquierda Republicana. No mesmo sentido, resulta ben significativo que en 1936 os deputados desta minoría, ante a falta de iniciativa gobernamental para atallar as alteracións de orde público que advertían, estudaran presentar unha interpelación parlamentaria dirixida ao goberno presidido por Casares Quiroga, compañeiro de filas. Era insólito, segundo admitiu González Lopez, que o partido mesmo tivera fixada a data para unha iniciativa propia da oposición parlamentaria. De feito, se non fraguou tal proxecto foi porque se adiantou a CEDA, dando lugar á sesión das Cortes do 16 de xuño na que tivo lugar o durísimo enfrontamento entre o presidente e Calvo Sotelo Tralo asasinato deste e de facer caso ao testemuño de Martínez Barrio, Marcelino Domingo, un dos fundadores de Izquierda Republicana, tería solicitado a Azaña que substituíra a Casares Quiroga á fronte do goberno.

Estes son algúns dos episodios que ilustrarían a existencia no seo de Izquierda Republicana dunha sensibilidade política desconforme con certos discursos e xestos de Casares, que eran interpretados coma síntomas dunha radicalización das súas posturas. Segundo aquela corrente de opinión discrepante, tal deriva á esquerda permitía explicar as excelentes relacións que o coruñés mantiña, polas mesmas datas, con Francisco Largo Caballero. Así foi de certo e en contra do que poida inducir a crer a lectura das memorias do socialista, segundo advirte Juan Francisco Fuentes na súa biografía do socialista:

"Aunque Caballero lanzara años después duras críticas al gobierno de Casares Quiroga por su carácter presidencialista –todos los ministros ‘eran de la tertulia del Sr. Azaña’– y por su grave imprevisión ante el golpismo, la prensa afín al líder socialista no escatimó elogios al papel que Casares Quiroga iba a desempeñar como valladar infranqueable frente al fascismo".


En efecto, os dous voceiros xornalísticos de Largo Caballero, baixo a dirección de Luis Araquistáin, expresaron o seu apoio Casares Quiroga nas vésperas do golpe de estado. O diario Claridad non se amosou precisamente regateiro ao manifestar o día 13 de maio que a designación de Casares como xefe do goberno era unha das máis atinadas que cabían . O que dicía en xuño de 1936 a revista teórica Leviatán constitúe tamén un bo exemplo da valoración que lle merecía Casares á esquerda socialista naquelas datas e, por outra parte, amosa ata que punto certas versións amañaron co paso do tempo o xuízo sobre o político coruñés e acomodaron o sucedido en función dos seus novos intereses:

"Un retórico puede ser un hombre de acción; pero no lo es generalmente. El retórico da más importancia a la palabra que al acto. Para él, al principio fue el verbo. Hay retóricos, como Unamuno, para quienes la historia no tiene finalidad más alta que el que alguien la escriba. Para otros, al principio fue la acción. En un Gobierno preferimos a estos últimos. A ellos pertenece el señor Casares Quiroga, un retórico mediano, pero un buen hombre de acción. [...]
Las esperanzas que los no retóricos pusieron en el hombre de acción que es el señor Casares Quiroga están justificadas hasta la fecha. Durante meses se nos ha estado amenazando con el rayo de un pronunciamiento militar. Rara era la noche que no se esperaba su explosión en las calles de Madrid. Al fin estalló, pero fue en Alcalá de Henares, en la madrugada del 18 de mayo. [...] se bastó el Gobierno, que con rapidez y energía sofocó el conato insurreccional; pero es probable que el señor Casares Quiroga no hubiera encontrado en su propio ánimo tanta energía de no estar seguro que a sus espaldas, guardándoselas, estaba todo el proletariado español [...]".


O Casares Quiroga que motivaba o aplauso de Largo Caballero e os seus era o que, dende a mesma presentación do seu goberno ante as Cortes e segundo subliñou o historiador Carlos Seco Serrano, deu probas de avantar “por la senda jacobina”. Dende logo, esa foi a impresión que o seu discurso do 19 de maio ante a Cámara causou nos seus propios correlixionarios, espantados pola belixerancia dun discurso que consideraban desacostumado e impropio de quen se sentaba na bancada azul . En opinión de González López, a radicalización das posturas de Casares Quiroga foi determinante no seu achego a Largo Caballero: “Si Prieto no tenía grandes simpatías por Casares, Largo Caballero, en cambio, tenía un especial afecto por Casares; y los dos estaban unidos, en aquel momento, por su radicalismo: burgués, el de Casares, y revolucionario semicomunista, el de Largo Caballero”. Abondando nesa idea, engadiu:

"Sin duda, uno de los factores que debieron influir en el ánimo de Azaña para nombrar jefe del gobierno a Casares Quiroga, al ser él elevado a la Presidencia de la República, era esa amistad entre Largo Caballero, el más perturbador, en ese momento, de los socialistas con Casares Quiroga, que era el único dirigente republicano que gozaba de ella; y con Largo Caballero tenían una estrecha relación los comunistas".


A hipótese que parece suxerir González López é que a intención de Azaña, ao confiar a Casares a xefatura do goberno, era controlar a ameaza revolucionaria pola esquerda, é dicir, aos comunistas e ao sector do PSOE máis próximo a eles. Fora ou non así, o caso é que Casares chegou á presidencia do goberno en 1936 grazas aos apoios imprescindibles do Partido Socialista, que non acadaran nin Indalecio Prieto nin outros republicanos.


Por outra parte, o apoio da representación parlamentaria de Izquierda Republicana ao goberno formado por Largo Caballero en setembro de 1936 adquiriu en boca de Casares Quiroga una expresión entusiasta que rebordaba o que podería ter sido o cumprimento dunha formalidade:

"Como recordaba el compañero Díaz, desde el principio, desde el momento en que se forjó el Frente Popular para luchar primero en las elecciones y ahora en las trincheras contra el fascismo, los republicanos han tenido absoluta lealtad con sus pactos. Pero ahora hay una cosa de emoción que nos lleva más allá de la lealtad y de la correspondencia que se debe al pacto; hay una cosa de emoción, de sentimiento, de sublevación, de indignación, que nos lleva a nosotros a decir al Gobierno: Señores del Gobierno, donde estén los republicanos, están los servidores del Gobierno; donde estén los republicanos, están aquellos que seguirán las huellas de aquellos Diputados republicanos, socialistas y obreros de todas clases que han muerto frente al enemigo en la defensa de un ideal; están aquellos que saben en cada momento acomodar sus actos a esta consigna; sumisión consciente, es decir, disciplina absoluta donde el Gobierno nos mande ir, donde el Gobierno nos mande quedar, allí estaremos. Esta es nuestra confianza".


As Cortes aprobaron unha proposición na que manifestaban a súa adhesión a aquel goberno que era a “genuina representación del Frente Popular”. En efecto, a coalición de republicanos, socialistas e comunistas presididos por Largo Caballero significaba, tralo gabinete de Giral, retomar a política de unidade fraguada para as eleccións de 1936. Esa estratexia era a que Casares apoiaba cun entusiasmo emocionado que, por outra parte, estaba ben lonxe de sentir Azaña.

Pois ben, quen representaba no exilio unha política de colaboración cos comunistas, idéntica estratexia á defendida por Largo Caballero nos días da II República, era Juan Negrín. Dende esta perspectiva, a adhesión de Casares Quiroga ás teses negrinistas no exilio manifestaba a continuidade lóxica de posturas que viñan de atrás e que tería, de novo segundo González López, unha primeira manifestación durante a guerra civil. Daquela Casares teríase significado por apoiar ao goberno Negrín, mesmo na crise ministerial de marzo de 1938 e en contra do criterio do seu partido e do presidente da República.

Casares demostrou a sinceridade coa que se dirixira ás Cortes en maio de 1936 ao afirmar: “Para mí el Frente Popular es algo más que una alianza electoral; para mí es un inmenso oleaje de renovación”. Naquela ocasión engadira que o seu goberno, e el mesmo, representaba “no sólo el programa y la política del Frente Popular, sino también su espíritu y su ímpetu, o no hago nada aquí”. Entendendo que a Fronte Popular era unha estratexia que non caducara nin quedara amortizada tralas eleccións de febreiro de 1936, seguiu a defendela durante a guerra e no desterro . Esa actitude resultou decisiva no seu afastamento de Izquierda Republicana no exilio e tamén á perda de contactos persoais cos vellos colegas. Isto non significa que abxurara da súa filiación política; como el mesmo lembrou, seguía a considerarse membro dun partido netamente republicano.

Agora ben, Casares Quiroga non participou na reorganización de Izquierda Republicana no exilio, tampouco respectou a disciplina de partido ao expresar a súa opinión nas sucesivas crises ministeriais e negou o seu concurso, sequera nominal, ao goberno presidido polo compañeiro José Giral. Nas ocasións nas que Casares deixou escoitar a súa voz, resultaba evidente que esta non representaba máis que a si mesmo. El sabía que o seu criterio era solicitado en calidade de ex presidente do goberno republicano, cumprindo un formalismo; inda máis, era plenamente consciente de que a súa autoridade e ascendencia era ben cativa ou ningunha, porque era a do vilipendiado presidente do goberno do 17 e o 18 de xullo. Polas mesmas razóns, quizais se sentiu máis libre que nunca para expresar as súas opinións políticas.

Fotografías:
1.-Santiago Casares Quiroga.
2.-Francisco Largo Caballero.

O exiliado da rúa Vaugirard (III)


3. COA REPÚBLICA E CON NEGRÍN.

Dende o seu regreso a París, Santiago Casares Quiroga vivirá practicamente enclaustrado nun apartamento do número 148 da rúa Vaugirard, forzado pola tuberculose crónica que padecía. Malia continuar afastado da política, é posible rastrexar a súa opinión verbo dalgúns dos debates que ocuparon aos exiliados cando, trala diáspora e a súas vicisitudes, despois do desconcerto dos primeiros momentos fóra de España, comezaron a reorganizarse politicamente e a definir estratexias de futuro.

Esa tarefa emprendeuse co firme convencemento de que a liquidación da ditadura franquista dependía do resultado da Guerra Mundial, de que o triunfo dos aliados impediría a subsistenza dun réxime identificado ideoloxicamente coas derrotadas potencias do Eixo. Con esa perspectiva e especialmente dende a liberación de Francia que prometía o inminente remate da guerra, redobrouse a actividade política dos desterrados. Entre os movementos concibidos para contribuír á restauración democrática en España contouse o restablecemento das institucións republicanas no exilio.

En efecto, o 17 de agosto de 1945, Diego Martínez Barrio asumía no transcurso dunha sesión das Cortes en México a Presidencia da República que ficaba vacante. Ese mesmo día, Negrín presentoulle a súa dimisión como xefe do goberno. Cumpría dese xeito cun formulismo habitual ao producirse un cambio na xefatura do Estado e facíao declarando a súa vontade de axudar a “resolver por vía constitucional la crisis política latente” . A crise á que aludía Negrín, cun sobreentendido que calquera sabía descifrar, era a que resultaba do enfrontamento entre os que defendían e os que discutían o que el representaba: a legalidade republicana, en tanto que último presidente do goberno da República, e unha política que integraba aos comunistas. Indalecio Prieto lideraba un amplo sector que consideraba unha perda de tempo e enerxía teimar na ficción de rehabilitar as institucións republicanas no exilio e, por outra banda, desaconsellable calquera proximidade ao Partido Comunista, na medida en que podería espertar suspicacias nos aliados e frustrar a tan desexada intervención no caso español.

O cisma vivíase no mesmo seo do PSOE, pero loxicamente do debate participou todo o exilio. E se as posicións non estaban claras dabondo, a dimisión de Negrín ía permitir medir as forzas dunha e doutra opción. Martínez Barrio abriu unha rolda de consultas na que requiriu a opinión dos distintos grupos parlamentarios e de diversas personalidades políticas, entre elas, a de Casares Quiroga . Non viaxara a México, pero remitiu un telegrama o 22 de agosto de 1945 , no que despexaba calquera dúbida sobre a súa posición. Aconsellaba a ratificación de Juan Negrín como presidente do consello de ministros que, segundo o entendía el, debería abranguer a representantes de tódolos sectores políticos e sindicais que combateron na defensa da República. Non cumpría ser máis explícito; Casares manifestábase en contra de segregar ao Partido Comunista das institucións. Asemade, enumeraba os obxectivos que tiña que asumir o novo goberno: preparar un plano para a restauración do réxime republicano en España, xestionar ante as Nacións Unidas o recoñecemento da legalidade republicana, deseñar un programa de reconstrucción nacional encamiñado a reparar a desfeita da guerra civil, acometer a depuración de todos os cadros do Estado e preparar a convocatoria de eleccións en canto as circunstancias o permitiran. En resume, Casares Quiroga prestaba o seu respaldo persoal a Negrín e tamén á súa política, avogando polo mesmo programa que este lle fixo chegar a Martínez Barrio . Pero a mensaxe do coruñés aínda incluía un punto máis: reclamaba a aprobación definitiva polas Cortes do Estatuto de Galicia, referendado o 28 de xuño de 1936 e que cobrara estado parlamentario na sesión celebrada en Montserrat o primeiro de xaneiro de 1938 . Tal era a petición do político acusado –así o fixo Castelao nas páxinas de Sempre en Galiza– de traizoar o pacto de Lestrove dende ben cedo, de empecer durante a II República a concesión dun estatuto de autonomía para Galicia. Casares despedíase desexando a Martínez Barrio o “éxito completo [de la] misión histórica [que le ha sido] conferida”.

As expectativas de Negrín, que confiaba en ser ratificado como presidente do goberno republicano no exilio, víronse frustradas. Quedaba de manifesto a derrota da facción negrinista, en realidade consumada na primeira metade da década dos coarenta . Martínez Barrio encomendou a José Giral, de Izquierda Republicana, a tarefa de presidir o consello de ministros, do que foron excluídos os comunistas nun primeiro momento. Foi na ampliación do goberno anunciada o 23 de marzo de 1946 cando estes obtiveron unha representación ministerial na persoa de Santiago Carrillo, ao mesmo tempo que o fixeron o Partido Galeguista e a dereita republicana a través de Castelao e Rafael Sánchez Guerra. Giral trataba así de ampliar a base política que alicerzaba o seu goberno.

Á mesma estratexia respondía a rehabilitación dun organismo creado nos días da II República e axiña caído en desuso: a Junta Permanente de Estado . Un decreto do 26 de marzo modificaba a súa composición –que orixinariamente daba cabida aos antigos e actuais presidentes da República e do goberno, ao presidente das Cortes e ao ministro de Estado– para acoller a José Antonio Aguirre e Josep Irla, presidentes de Euskadi e Cataluña, respectivamente. Ademais, a operación tentaba, segundo Harmut Heine, “integrar, de un modo bastante elegante, a Negrín en la órbita del gobierno exiliado, obligándole así a que desistiera de atacarlo desde fuera”. A medida non tivo os efectos desexados. A constitución formal da Junta Permanente de Estado, celebrada na data simbólica do 14 de abril, contou coa asistenza de Martínez Barrio, Giral e Aguirre, e maila adhesión de Irla e Portela Valladares. Pero Negrín declinou a invitación; aduciu que “prescindiendo de otras razones, de orden político, sobre oportunidad y procedencia, tal junta, en su composición y funciones que se le atribuyen, es contraria al espíritu y letra de nuestra Constitución”. Tamén escusou o seu concurso Casares Quiroga, quen fora convocado na súa calidade de ex presidente do goberno republicano. Así o comunicaba a través dunha carta datada o 12 de abril:

"Tengo el gusto de acusar a V. recibo de su carta fecha 6 del corriente convocándome para la reunión que habrá de celebrarse el próximo día 14 con objeto de constituir la Junta Permanente de Estado á que dicha carta se refiere.
Decido -por razones que expondría ante el Excmo. Señor Presidente de la República si él deseara conocerlas- a no colaborar ni en la constitución ni en el funcionamiento del citado organismo, lamento tener que declinar la invitación que se me hace y abstenerme de asistir a la reunión aludida".


Non hai constancia dunha entrevista entre Martínez Barrio e Casares Quiroga para tratar este asunto, pero si da insistencia procedente da avenida Foch, sede das institucións republicanas en París, en sumar os apoios de Negrín e Casares para a Junta Permanente de Estado. Ambos foron convidados á segunda reunión deste organismo, celebrada o 18 de outubro, e ambos reafirmáronse na súa decisión. Negrín volvía argumentar que a reorganización do organismo era inconstitucional. Casares, en conversa telefónica co secretario Bernardo Giner de los Ríos, “insistiendo en los términos de su carta, fecha 12 de abril, anuncia que no concurrirá a la Junta”. Unha vez máis, as posicións de ambos políticos concordaban. Ao marxe dos motivos formalmente esgrimidos por Negrín e as razóns que puidera ofrecer Casares, a súa actitude demostraba unha clara indisposición a formar parte dunha entidade sen outras funcións que as puramente consultivas, a aparecer vinculados a unhas institucións das que foran marxinados e que, en realidade, só querían exhibir os seus nomes sen asumir a política que defendían.

A ampliación do goberno e a recuperación da Junta Permanente de Estado pretendía ofrecer unha imaxe de perfecta concentración republicana e era a resposta a unha recente declaración conxunta de Washington, Londres e París sobre o futuro de España que, malia reprobar a ditadura franquista, ignoraba por completo na súa redacción ás institucións republicanas no exilio. Aquel era un balde de auga fría para Giral, quen se fixara como obxectivo prioritario acadar o recoñecemento internacional da legalidade republicana. As novas xestións diplomáticas tampouco ían conseguir avances significativos nos seguintes meses e, ao cabo, o PSOE provocou a crise do que fora coñecido como o “goberno da esperanza”. O partido controlado por Indalecio Prieto era o grupo con maior representación parlamentaria e, xa que logo, sostén necesario do goberno. Coa dimisión dos ministros socialistas Trifón Gómez e Enrique de Francisco forzábase a de Giral. A crise ministerial era só un síntoma da controversia suscitada pola posición de Prieto. A alternativa que este propuña baseábase, fundamentalmente, na defensa de acordos con sectores monárquicos para derrubar a ditadura de Franco co apoio de Estados Unidos e o Reino Unido. Ningún dos consultados por Martínez Barrio en xaneiro de 1947 ignoraba que a cuestión a debate era se cumpría arriar a bandeira do 14 de abril e antepor a restauración democrática en España ao signo institucional desta.

O criterio de Casares Quiroga foi solicitado unha vez máis. Segundo informou La Nouvelle Espagne, a enfermidade do coruñés impedíalle manter una entrevista persoal co presidente da República . Non obstante, fíxolle chegar unha carta, datada o 29 de xaneiro, na que manifestaba a súa adhesión inquebrantable ás institucións republicanas no exilio. A contundencia coa que se expresaba é un indicio de ata que punto lle resultaba magoante o posibilismo prietista:

"La crisis que se está tramitando presenta caracteres tan insólitos como graves. Provocada por la actitud de determinados sectores que, saliéndose del marco estrictamente republicano, parecen no sentirse ya obligados a defender las Instituciones de la República, esta crisis afecta nada menos que a la vigencia de esas Instituciones y se convierte así en una crisis del régimen que todos parecíamos comprometidos a sostener.
Evidentemente esas características pueden influir de manera decisiva tanto en la constitución del futuro Gobierno como en la política que él haya de desarrollar, y ello obliga a cuantos hemos de evacuar la consulta formulada por Vd. a fijar una posición neta ante la cuestión que así se plantea. Para mí, como supongo para todos los afiliados a partidos específicamente republicanos, la posición no puede ser otra que la de una defensa decidida de la vigencia de las Instituciones de la República y su mantenimiento tenaz hasta que llegue el momento de reintegrarlas al pueblo español que les dio vida.
Partiendo de ese principio debo aconsejar la formación de un Gobierno constituido por representantes de todos los sectores, sin excepción, de probado republicanismo, y que estén dispuestos a sostener las Instituciones de la República en toda su integridad y pureza, y a llevar a cabo una labor intransigentemente republicana.
La política de ese Gobierno deberá polarizarse en dos puntos: las relaciones internacionales y la organización de la resistencia en el interior de nuestro país.
En cuanto a la política exterior, el Gobierno debe fortalecer los lazos ya establecidos con los países que han reconocido la legalidad republicana española y realizar una labor intensa y tenaz para llevar al ánimo de todos los Gobiernos de las naciones democráticas el convencimiento de que la restauración de la República en España es la única garantía de orden en el interior de nuestro país y de seguridad y cordialidad de relaciones internacionales, y procurando así el reconocimiento de las Instituciones Republicanas por parte de los Gobiernos que todavía no han tomado esa decisión.
En lo que afecta a la política interior, el Gobierno deberá tomar en mano, con decisión y urgencia, la organización de la resistencia en España, vigorizándola, dándole los medios necesarios para continuar y acrecentar la lucha entablada contra los que allí detentan el poder.
Para que esa política pueda desarrollarse con toda la eficacia posible sería deseable que la Presidencia del Gobierno recayese en una personalidad que, cualquiera que sea el partido a que pertenezca, ofrezca por su historia, por su actuación pasada y presente, por su prestigio y reconocida competencia en el ejercicio de las funciones de gobierno, una garantía de lealtad para dar cohesión a una coalición de fuerzas que, por su misma composición, podría quedar reducida a un simple conglomerado político si una dirección firme no la mantiene en el marco de la estrecha solidaridad indispensable para llevar a cabo la empresa propuesta".

Aínda que Casares non mencionaba expresamente a Negrín, non cabe dúbida que está suxerindo o seu nome. As calidades que lle atribuía ao socialista eran recoñecidas por Martínez Barrio e, de feito, o presidente da República estaba pensando en confiarlle ao doutor Negrín a formación do novo goberno . Pero, vixente o veto de Prieto contra o seu compañeiro, o cargo vacante foi confiado finalmente ao socialista Rodolfo Llopis, ata a véspera significado anticomunista . A sorpresa foi maiúscula cando este mantivo no consello de ministros unha representación do PCE. Aínda que cabía entender que o novo goberno asumía na práctica a política de unidade antifascista de Negrín, isto xa non era dabondo cando semellaba que se estaba a preparar a claudicación republicana. Así o denunciaba a declaración feita pública por un grupo de socialistas pertencentes á facción negrinista do PSOE e políticos republicanos afíns a ela. A sinatura de Casares Quiroga figuraba ao pé daquel manifesto:

"El nuevo presidente del Consejo de ministros pertenece al grupo político que, por boca del más autorizado de sus representantes, ha declarado que las instituciones del régimen eran un instrumento accidental y transitorio, subordinado a los contingentes internos o exteriores y ha proclamado recientemente que esas instituciones son un estorbo, un barco desmantelado que no sólo hay que abandonar, sino mandarlo a pique lo más pronto posible. La consecuencia de esta posición ha sido la declaración política formulada por el jefe del gobierno [...]. Según esta declaración [...], el restablecimiento de la República está subordinado a la expresión definitiva en la urna de la voluntad popular (frase equívoca que admite igualmente el plebiscito que las elecciones normales). Después de esto, ¿quién puede esperar que ese gobierno obtenga los apoyos necesarios si él mismo prevé su fracaso y comienza por dudar de su eficacia e incluso de su existencia? Otro resultado de tales tácticas vacilantes es el impulso que se le ha dado en estos últimos días a las tentativas monárquicas que, después de haber parecido aniquiladas por el peso de su evidente anacronismo, parecen tomar vigor al contacto de las posiciones equívocas que han aparecido en el campo mismo de la República. Nosotros, republicanos, que no hemos sentido jamás en nuestra alma la flaqueza ni la vacilación, ni alojado en nuestro pensamiento a la duda, hacemos un llamamiento a todos los que tienen el firme deseo de defender la República, [...] nuestra República, edificada por nuestro pueblo y defendida con su sangre. Con los que tienen la misma fe realizaremos esta tarea, creando un movimiento que, con el nombre de ‘España Combatiente’, perseguirá un objetivo histórico y realizará este sencillo programa: devolver al pueblo español la República".

Casares subscribía este texto fundacional de España Combatiente, organización creada por iniciativa de Álvarez del Vayo en febreiro de 1947 e que aglutinaba aos negrinistas socialistas, republicanos e libertarios . Entre os seus obxectivos, constaba a “prosecución por todos los medios posibles de la política de resistencia al fascismo característica de la guerra española” en colaboración cos núcleos clandestinos no interior. Era esta unha táctica que concordaba coa defendida polo PCE e que xa asumía Casares Quiroga na súa carta do 29 de xaneiro. España Combatiente foi unha entidade que non adquiriu demasiada relevancia e, por outra parte, o apoio que lle prestou Casares, membro do seu consello provisional, só foi nominal e de seguro non moi distinto ao que tiña emprestado ao Bloque Repubricán Nazonal Galego (BRNG), fundado en Toulouse a finais de decembro de 1945 .

O consello de dirección do Bloque, baixo a presidencia de Manuel Portela Valladares, reunía ademais de a Santiago Casares Quiroga, a outros dous membros de Izquierda Republicana: Manuel Martínez Risco e Antonio Núñez; a José García López e César Alvajar, de Unión Republicana; aos comunistas Enrique Líster e José A. Paz; a Luis Vázquez Rodríguez e Luis Vidal, membros da facción negrinista do PSOE e da UGT, e Xoán Xosé Plá, afiliado ao Partido Galeguista ata xaneiro de 1947. Que dous ex presidentes de gobernos republicanos fixeran parte do Bloque outorgoulle certa atención e prestixio, mentres que en Castelao espertou serios receos. Este vía unha ameaza para o galeguismo, cuxa identidade e discurso quedaban diluídos nun grupo que, pola súa composición e actuación, se situaba claramente na órbita do Partido Comunista. E, sobre todo, temía que erosionara a autoridade do Consello de Galiza creado en Bos Aires e que el mesmo presidía. Na medida na que o Bloque se presentaba como plataforma unitaria de todos os movementos galegos de resistencia ao franquismo e avogaba pola creación dun órgano que en todos os documentos se insistía en denominar “Consejo General de Galicia”, a entidade declarábase en competencia aberta co Consello de Galiza, disputándolle a representatividade da que este desexaba verse investido. Castelao tentou desacreditar ao Bloque ante Diego Martínez Barrio lembrándolle que este non se adherira ao goberno Giral e desmentindo a adscrición de Portela Valladares. Tamén dubidaba da participación doutros membros: “No creo que Casares y Risco estén incorporados a ese nacionalismo gallego... y si lo están peor para ellos”. Castelao cría que o Bloque captara a Casares unicamente en calidade de “abaixo-firmante” , que a súa implicación no proxecto non tiña maior transcendencia. En efecto, así o corroboraría o que dicía por aquelas datas Xoán Xosé Pla, quen catalogaba a Casares como un dos conselleiros da entidade do “género despreocupado”.

Os episodios enumerados até aquí revelan a fidelidade de Casares Quiroga a Negrín e a súa política. Os anos compartidos en Londres contribuíran a fraguar unha sólida amizade. Aos dous políticos uniunos algo máis que a súa afección á bibliofilia e as visitas á British Library. Foran actores principais nos anos da República e da guerra e arestora atopábanse illados, cando non aldraxados, polos seus mesmos compañeiros no exilio republicano. Non obstante, a súa non foi só a historia da solidariedade persoal entre dous derrotados. Para Casares Quiroga, a República condensaba todo aquilo ao que non podía deixar de ser fiel sen traizoarse a si mesmo: as ideas e o proxecto político que impulsaran a súa vida. E tal lealdade traduciuse nun inequívoco apoio a Negrín quen, como presidente do último goberno republicano en España, representaba a legalidade que a ditadura franquista liquidou. Na súa opinión, o socialista, pola súa traxectoria, era ao que lle correspondía manter o patrimonio simbólico da República, pero tamén, dadas as súas calidades, o máis capacitado para defendelo activa e eficazmente ante as potencias occidentais de cuxa actitude se facía depender o futuro democrático de España.

Fotografía: Juan Negrín, ante a Sociedade de Nacións (Xenebra, 1937).


O exiliado da rúa Vaugirard (II)


2. O DOBRE EXILIO.

Santiago Casares Quiroga pasou os dous últimos días en España no castelo de Perelada canda Azaña, quen desbotou a proposta do coruñés de agardar por el para cruzar xuntos a fronteira e instouno a marchar. Casares só emprendeu o camiño do exilio pouco antes do 6 de febreiro de 1939, data na que o fixo o presidente da República. Tivo que cubrir a pé un treito da estrada entre Girona e Figueres, atoada por coches e carros, ateigada polos que marchaban cara ó exilio .

Os dous políticos e amigos ían reencontrarse en París. Casares formaba parte do grupo de políticos republicanos que adoitaban visitar a diario a Azaña, instalado temporalmente na embaixada española. Un dos asistentes a aquelas xuntanzas informais, Diego Martínez Barrio, lembrounas nas súas memorias: “Todas las tardes, por tácito acuerdo, nos reuníamos con él y a su lado discutíamos las noticias que llegaban de la patria. Noticias desconsoladoras”. Un dos asuntos tratados naquelas sesións vespertinas foi se Azaña, atendendo aos constantes requirimentos que lle facía chegar o doutor Negrín, presidente do goberno republicano, debía regresar a España. Casares Quiroga, coma o resto dos reunidos, non disentiu da opinión de Azaña, quen consideraba que ningunha novidade convidaba a rectificar unha decisión tomada tempo atrás. Todos daban a guerra por irremisiblemente perdida e, nesas condicións, o regreso de Azaña convertíase nun xesto inútil politicamente que, por outra parte, expoñía a súa seguridade. O presidente da República agardaba o momento de presentar a súa dimisión e así o fixo o 27 de febreiro, o mesmo día en que Gran Bretaña e Francia fixeron o anuncio oficial do seu recoñecemento do goberno de Franco e tamén o mesmo día en que Negrín remitía un novo telegrama lembrándolle que a súa volta urxente “elevaría altamente la moral de todos los españoles”.

Azaña tiña abandonado París por Collonges-sous-Salève e Casares, doente, ía marchar a Suiza na procura da súa recuperación . Debeu de ser nas montañas suízas onde soubo da ocupación alemana de Praga. Os acontecementos íanse precipitar nos vindeiros meses ata que o 3 de setembro de 1939 o Reino Unido e Francia declaran a guerra a Alemaña. Xa de volta na capital francesa, Casares segue as noticias que falan do avance imparable das tropas do III Reich, que comezan a invasión de Francia en maio de 1940. A situación dos refuxiados republicanos españois no país, en absoluto doada até entón, tornábase agora certamente perigosa A familia Casares fuxe a Bordeos no derradeiro tren que sae da estación de Austerlitz antes da entrada alemana en París. En Residente privilexiada, María Casares lembrou a viaxe de trinta e nove horas, a chegada a Bordeos, o sinistro hotel no que se aloxaron, o bombardeo aéreo da cidade, as xestións para conseguir os visados que lles permitiran saír cara a América e a frustración de tal posibilidade. Neses momentos de incerteza foi cando Casares Quiroga atopou a Juan Negrín, quen lle ofrece a posibilidade de embarcar rumbo a Londres canda el. As xestións da diplomacia franquista, mobilizada para reclamar a Francia que abortara os planos de saída do país dos “jefes rojos” e que foran postos “hors d’état de nuire”, non tiveron éxito neste caso. Nas primeiras horas da madrugada do 21 de xuño e mentres Bordeos era bombardeada, partía un buque mercante carboeiro de pavillón grego con destino ao porto galés de Milford Haven, a onde arribou o día 25. Nel viaxaban, entre outros, Juan Negrín, Francisco Méndez Aspe, Ramón Lamoneda, Benigno Rodríguez, Pedro Pra, Vicente Terrados, Gonzalo Díaz de la Torre e Santiago Casares Quiroga. Citando o testemuño deste último, unha publicación do exilio en México, o Boletín al Servicio de la Emigración Española, informou daquela travesía:

"Tenemos a la vista una carta fechada en Londres, del señor Casares Quiroga, que fué uno de los acompañantes del señor Negrín. Según cuenta, a última hora pudieron embarcar en un mercante de nacionalidad griega. Cinco días tardaron en recorrer la distancia que hay de Burdeos a las costas de Inglaterra, cinco días mortales de ansiedad y de riesgos, amenazados constantemente por la aviación alemana y por las minas de que estaba sembrada la costa. Desde su barco vieron el hundimiento de otros muchos barcos que habían salido también de Burdeos, a la desesperada, en los postreros instantes. Todos los adjetivos son inertes para describir el horror de un viaje en esas condiciones pavorosas. Afortunadamente el barco llegó a salvo a Inglaterra".


Naquela carta Casares facía público o seu recoñecemento a Negrín polo empeño que demostrara en axudar aos compañeiros republicanos en Francia e mailo seu agradecemento persoal. Un dos seus parágrafos dicía literalmente:

"Con la generosidad que de nuevo no querrán reconocerle, ha intentado salvar a todo el mundo. Desgraciadamente, la urgencia del caso hizo inútiles sus esfuerzos y allá se quedaron Azaña, Largo Caballero, Miguel Maura, Portela, y tantos otros, con cuyo paradero no consiguió dar Negrín. A mí me encontró por pura casualidad; y a ella, y a él, debo el estar ahora en esta situación. En el barco griego que nos trajo, vinieron 14 españoles, contando con Negrín, que también tuvo que dejar en Burdeos a su madre y hermana".


Casares, pola súa parte, tivo que deixar á súa esposa Gloria e á súa filla María. A separación durou tanto como a guerra. Exiliado de España en Francia, exiliado de Francia en Inglaterra, foron aqueles os anos do “dobre exilio”, en expresión de María Casares. Ata xullo de 1945, Casares viviu na mansión campestre chamada Dormers que Negrín alugou ás aforas de Londres, na vila de Bovingdon, pertencente ao condado de Hertforshire. Son ben escasos os detalles coñecidos sobre o seu exilio londiniense . Segundo Luis Monferrer Catalán, militaba en Coalición Republicana Española (CRE). Esta organización desenvolveu en Inglaterra un papel semellante á da Unión Democrática Española, plataforma que sumaba a comunistas e sectores negrinistas do PSOE e doutros partidos republicanos. Polo demais, só hai noticia da súa asistencia a algúns dos actos convocados por dúas institucións creadas por Juan Negrín: o Hogar Español e o Instituto Español . Eran estas iniciativas de escasa relevancia e proxección. A fría tolerancia e o reticente amparo que prestou o goberno británico a Negrín e aos seus compañeiros esixía deles o compromiso de absterse de emprender accións políticas con proxección pública. Non obstante, a desaparición de Casares Quiroga da escena política do exilio estivo forzada, antes que nada, polo seu fráxil estado de saúde. Este non ía máis que a agravarse no sucesivo. Ademais, terminada a guerra e de regreso en París canda a súa familia, axiña vai recibir un novo golpe: a morte da súa esposa Gloria Pérez Corrales en xaneiro de 1946. Escribiu María Casares que daquela o seu pai comezou a preparar a súa propia morte. Santiago Casares Quiroga era un home enfermo e deprimido. Son estas exactamente as palabras coas que Martínez Barrio o describiu nun apuntamento do seu diario datado o 19 de abril de 1946.


Fotografías:
-Casares Quiroga talking to Catalonian politicians. France, April 1946. Photographer: Ralph Morse. LIFE IMAGES.
-Juan Negrín, durante o seu exilio en Dormers.

O exiliado da rúa Vaugirard (I)


As pedras de París, ennegrecidas polo verniz que os séculos pousaron nelas, erguéndose sobre o rebumbio e as paixóns da cidade, eran para Manuel Azaña a metonimia dunha civilización da que se consideraba fillo espiritual. Chegar a París, como fixo por vez primeira en 1911, proporcionáballe a morna sensación de abeirarse ao lume do fogar materno:

"En un día brumoso, fresco y gris, he pisado las calles de la gran ciudad, después de una ausencia que parecía irremediable y eterna. Con llegar he abierto un paréntesis en mi destierro. Ya no tengo que correr el mundo (física o mentalmente) buscando las aventuras. Estoy en el hogar común, en la casa materna, que a nadie niega un sitio junto al fuego. Descansemos al calor de esta llama".

Azaña confesaba sentirse desterrado lonxe de París, a cidade que –inevitable non sinalar o paradoxo– acollera a tantos exiliados españois da época contemporánea, a cidade que –imposible non advertir o designio– ía selo destino de posteriores vagas de exiliados, a máis importante delas a partir de 1936 . Resulta desacougante a lectura daquel artigo cando sabemos que a súa vontade descritiva –“España es el tablero de una tragedia”– entrañaba una predición; cando somos capaces de dexergar que o desterro ía tornarse un concepto inútil para metáforas espirituais e ser preñado polo rotundo e corpóreo significado que só teñen as palabras vividas, padecidas; cando intuímos a sacudidura, o estrañamento de tantos que ían converterse en exiliados na mesma cidade que antes da guerra sentiron como un lar espiritual .

Foi aquel o caso de Santiago Casares Quiroga? Era a súa biblioteca, na que a lingua e a literatura francesas ocupaban un espazo sobranceiro , o anaco dunha patria das ideas? Aquela colección de libros era un bálsamo para certa señardade intelectual? Permitíalle acaso habitar na rúa Panadeiras un país que non tiña bandeira nacional e que ficaba simbolizado na cidade de París? Como foi vivir exiliado en París para quen antes, talvez, se sentiu exiliado de París?


1. REDUCIDO AO SILENCIO.


O 16 de febreiro de 1950, véspera da morte de Casares Quiroga, El Socialista, a publicación do PSOE e da UGT no exilio, incluía o extracto dunhas recentes declaracións realizadas ao diario belga Le Soir polo presidente do goberno vasco no exilio. Nelas José Antonio Aguirre lembraba algúns episodios anteriores á sublevación militar de 1936 en España e como, a través do alcalde da localidade navarra de Estella, tivera noticia de certos movementos do xeneral Mola que suxerían a posibilidade dunha intriga contra a República. Para Aguirre, non cabía dúbida de que se estaba a tramar un golpe militar e acudiu decontado a advertir ao presidente do goberno quen, segundo este testemuño, exteriorizou a súa incredulidade botándose a rir . Catorce anos despois do inicio da guerra civil continuábase culpando a Casares Quiroga dunha exasperante pasividade ante as insistentes noticias que circulaban sobre a preparación dun levantamento contra a República; o político era cualificado coma un inane e seguía apandando coa inmensa responsabilidade derivada. A subsistenza do reproche, a publicidade que seguía tendo e mailo eco teimoso que lle estaba reservado no futuro permite ilustrar en que medida, segundo apuntou Manuel Andújar, os días da II República foron contemplados no exilio, e máis alá da primeira hora da diáspora, como un “pretérito imperfecto (imperfecto en el sentido latino, gramatical: inacabado). Imperfecto también, ¡ay!, en el otro sentido”. Ao informar das declaracións de Aguirre, El Socialista reflectía a vixencia dunha opinión amplamente compartida; ao omitir nas vindeiras edicións a noticia da morte do político coruñés, manifestaba a incapacidade para borrar o estigma sequera no momento das exequias. Daquela, mesmo os seus propios correlixionarios de Izquierda Republicana en México non fixeron máis que inserir na publicación que lles servía de portavoz unha breve nota sobre o seu falecemento . A necrolóxica tiña un frío ton informativo. A estricta enumeración dos distintos cargos políticos que asumira estaba exenta de calquera consideración gabanciosa. O caso resulta máis significativo do que puidera semellar a primeira vista se temos en conta que a mesma edición dedicaba varias páxinas a Marcelino Domingo co gallo do undécimo aniversario da súa morte e que a publicación adoitaba lembrar cada ano o falecemento de Manuel Azaña con grandes titulares. Os tres políticos que a principios de 1934 fusionaron os seus respectivos partidos para dar lugar a Izquierda Republicana ían recibir, nesta e en futuras ocasións, moi desigual trato por parte do xornal. Contrastará fortemente o esquecemento e menosprezo da figura de Casares coa puntual glosa e reivindicación das personalidades e legados políticos dos outros dous fundadores do partido.

Casares Quiroga tivo oportunidade de comprobar como a mirada retrospectiva sobre a historia recente traducíase no perenne e acusatorio recordo das súas responsabilidades ou, no mellor dos casos, nun silencio que estaba ben lonxe de expresar indulxencia ou respecto. Outros políticos daquela xeración que entregaron os seus esforzos á tarefa de construír a II República tamén foron alcanzados polas críticas, pero, entre todos eles, poucos padeceron o asañamento de que foi obxecto a figura de Casares. Algúns, sentíndose inculpados polos xuízos alleos e quizais tamén pola propia conciencia , teceron nas súas memorias, artigos ou epistolarios unha xustificación. Precisamente o intento de exculparse ante a historia constituiría, para Carlos Seco Serrano, o primeiro impulso da escritura autobiográfica dende a data inaugural da historia contemporánea española:

"El odio desatado por la catástrofe de 1808 se cebó en algunas figuras visibles, buscando culpables; y no sería la última vez en nuestra historia contemporánea, porque la guerra de la Independencia llevaba larvada la contienda civil que se hizo endémica entre nosotros en cuanto acabó aquella. Son precisamente esas figuras las que, más tarde o más temprano, se esforzarán en pergeñar su defensa ante sus enemigos y perseguidores, pero en especial ante España y ante la Historia".


Non foi ese o caso de Casares Quiroga, quen desbotou a posibilidade de deixar por escrito a súa versión dos acontecementos. Non sería este un caso singular e, na procura dunha explicación para tal actitude, Juan Marichal anotou:

"El silencio del desterrado liberal, su voluntad de llevarse consigo al más allá sus recuerdos de carácter histórico, ¿no proceden acaso de su constante afán por reducir este último cuarto de siglo al vacío de ‘unos mal llamados años’, de su resistencia a admitir que la historia no se detuvo en aquel trágico invierno de 1939?
O sea que, en el caso de los desterrados “profesionalmente” políticos, la reserva memorialista es uno de los diversos mecanismos autodefensivos de la persona paralizada dentro de un pretérito concluso [...]".


Imposible coñecer as razóns do silencio de Casares Quiroga, pero hai constancia de que foi froito dunha decisión ben cavilada, posto que chegou a rexeitar un cheque en branco que recibiu acompañando unha oferta para escribir as súas memorias políticas . Quizais unha pista fundamental para descifrar o porqué daquela decisión ofreceuna a súa filla María Casares:

"Papá xa non facía parte do goberno daquela República na que deixara os seus folgos, todo o seu afervoamento, a súa mocidade e a mellor parte de si. Porque quería armar ao pobo nas primeiras horas da sublevación militar, virase forzado a ‘dimitir’; e por razóns... de Estado, por mor da súa amizade con Azaña, e por circunstancias que prohibían toda escisión entre aqueles que defenderan as liberdades de España, foi reducido ao silencio e aceptou ficar para sempre como un exemplo de capitulación ou de incapacidade.
A pesar de todo, pouco tempo despois da súa pretensa dimisión, o pobo entraba pola forza nos arsenais de Madrid para se armar só. Demasiado tarde, quizais, na confusión, e mal.
No mesmo momento, mamá, que percorría a cidade de parte a parte, visitando os lugares que adoitaba visitar, axexando nos ollos ou na boca dos comerciantes, dos coñecidos, dos amigos ou inimigos, os sinais irrefutábeis da deshonra que batera na casa, volvía coas mans baldeiras. Durante aqueles días, ao menos, a todo o mundo lle importaba ben pouco a situación; só meu pai ficaba tocado para sempre. E mentres el collía o camiño da serra como simple miliciano, mamá dispúñase a axudar nun hospital [...]".

Se cadra foi así; talvez un acusado sentido da lealdade cos amigos, cos compañeiros, coas institucións republicanas e coa causa da liberdade impediulle falar, talvez entendeu que defenderse das aldraxes e a deshonra danaría, no momento máis inoportuno, ás persoas, á República e aos principios que animaran a súa vida; talvez foi o 18 de xullo cando tomou a irrevogable decisión de calar, de gardar un silencio que cría elocuente dabondo, de que foran os seus actos os que falaran por el. E o que fixo daquela foi vestir o mono de miliciano e marchar á fronte de guerra na serra de Guadarrama, onde un espectador, Mariano Ansó, lembrouno movéndose coma un “autómata, buscando, como se dijo, la muerte”. Diego Martínez Barrio, pola súa parte, describiu a un Casares “abrumado por la magnitud del fracaso, actuando de miliciano suicida”. Non deixou Madrid por Valencia, tal e como fixeron outros axiña, e tampouco a España republicana por Francia , malia o perigo que correu a súa vida, o seu feble estado de saúde, as preocupantes informacións que recibía sobre a sorte da súa filla Esther, prisioneira dos sublevados en A Coruña, e as malas noticias sobre a marcha da guerra . Casares, esmagado física e animicamente, non se sumou á deserción doutros que, segundo o entendía Azaña, “tenían con la República la obligación de servirla hasta última hora, y conmigo la de acompañarme mientras estuviese en pie”. Casares cumpriu ambas obrigas e cumpriunas ata a última hora, segundo reclamaba a lealdade ao compañeiro e á República e, quizais tamén, a propia conciencia, que sinalaba erros e impuña, antes que amañar unha xustificación, a terminante obriga de non esquivar as consecuencias que alcanzaban traxicamente ao país e, nel, á súa propia filla.

Cioran



Un ejemplo del escepticismo del filósofo y del humor del estilista, atributos del retrato de Cioran que ayer dibujaron en El Círculo de Lectores Ignacio Vidal-Folch y Fernando Savater:

“Pienso en C., para quien beber café era la única razón de existir. Un día que le hablaba de los méritos del budismo, me respondió: ‘El Nirvana, de acuerdo, pero con café’.
Todos tenemos alguna manía que nos impide aceptar incondicionalmente la dicha suprema”.

Culos


José Nakens y Luis Bonafoux son los irreverentes periodistas rescatados por la editorial La Linterna Sorda en el lanzamiento de una nueva colección con nombre de inspiración larriana: Lo que no debe decirse. En el libro de Bonafoux, Bilis. Vómitos de tinta, se incluye el artículo “Trasero sagrado”. Nadie se deje engañar por el título: en el texto lo de menos son las caricias a la voluptuosa carnalidad del nalgatorio sagrado de Carolina Otero; lo que buscaba la víbora de Asnières era hincar sus dientes envenenados en el magro de otras posaderas.

“Dígase lo que se quiera, la historia de España en los últimos veinticinco años ha sido representada en Europa por el trasero de la Otero. La historia de su nalgatorio, zarandeándose en molinete por toda Europa, es la historia de la actualidad española. El europeo recuerda que todavía existe España cuando sigue con la vista el nalgatorio de la Otero, aprisionado en gasas que reflejan los colores de nuestra bandera, y al aplaudir el nalgatorio, aplaude el símbolo de lo único hermoso que da el país. Todavía tenemos nalgas alegres, flexibles y ondulantes… ¡Todavía hay Patria!
Esta bailarina puede decir que se ha pasado por entre las piernas toda nuestra historia contemporánea. Ella es la única personalidad que ha arrancado espontáneos y sinceros vivas a España en el extranjero.
El pueblo francés no conoce nuestros políticos ni nuestros literatos; pero conoce a la Otero. No hay un solo periódico francés que escriba a derechas los apellidos de nuestros grandes hombres; pero todos los periódicos franceses saben escribir Otero. Y la Otero, aunque tirada por los suelos, resulta ser la más alta personalidad española en Europa.
Pienso en ello recordando la anunciada boda de nuestra ilustre compatriota, porque ella merece, mucho más que los Cánovas, una estatua, y yo, que no apruebo la proyectada conmemoración de la guerra de la Independencia –cuyas batallas no fueron ganadas por nosotros, sino por los ingleses–, aprobaría que se dignificase la boda de la Otero con una procesión cívica en Madrid, figurando en ella lo más granado de la villa y corte. […]”.

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Todo parece indicar que Sixto Cámara podía perderse por un buen culo, pero el pellizco periodístico, Manuel Vázquez Montalbán lo daba en otro sitio.

“Cuando se sugirió al equipo de Triunfo que durante los cuatro meses de suspensión nos pasáramos a Hermano Lobo comprendimos que en la Resistencia pasaban cosas así, que en todas las resistencias el principio motor ha sido moral y más o menos siempre se ha parecido al ‘Pero se mueve’ del amigo Galileo Galilei, en paz descanse. Terminan ahora los cuatro meses de suspensión, día a día, a Triunfo nunca nadie le ha regalado nada y más de una vez le han quitado la cartera histórica en el tranvía del deseo, los triunfistas dejamos Hermano Lobo y volvemos a casa. Mientras empaqueto mi máquina de escribir, un pesadísima y vieja Continental portátil, mis holandesas y esa botella de aguardiente de pera que siempre me acompaña para entonarme en el país del desentono, pienso en mi curiosa condición de viajero por revistas que se cierran o se abren, pero siempre por revistas al borde del abismo, única forma decente de ejercer el periodismo y el matrimonio.
Recuerdo que en una época de paro forzoso, tras el cierre de la publicación en que trabajaba, un cierre que llegó de la mano de Fraga pocos meses antes de la promulgación de la Ley de Prensa, tuve que llevar mis bártulos profesionales a una revista dedicada a la mujer, en el sentido más convencional del término. Allí escribí sobre lencería fina, ropa interior de señora y unos cuantos elogios sentimentales, como el dedicado a las gordas, en el que trataba de dar salida a una escritura de supuesta calidad, más un servicio a mí mismo que a los lectores, pues entonces no me daba el presupuesto para aguardiente de pera y necesito tres litros de vino tinto para empezar a sentirme a gusto. Pues bien, la revista la teledirigía un anglosajón céltico, y cuando publiqué mi ‘Elogio sentimental de la gorda’, el anglosajón se saltó por encima la autoridad de la directora de la revista y me sometió a un hábil interrogatorio:
-¿Es usted un terrorista?
-¿Por qué?
-En la era de la Shrimpton o de Twiggy, usted escribe un ‘Elogio sentimental de la gorda’ que va a desorientar a nuestra clientela femenina.
-Hay gordas y gordas. Ya lo digo en el artículo. No se crea que a mí me gusta la Venus de Willendorf.
-Usted es un terrorista cultural.
-No, señor. Soy un resistente cultural. Que no es lo mismo.
-Siga con los temas de ropa interior y déjese de elogios a las gordas.
Al día siguiente le entregué a mi directora un artículo titulado ‘Elogio sentimental del culo’ y no volví a poner los pies en aquella revista.
-¿Y a qué culos se refería usted, don Sixto? –me pregunta Encarna, que ha asistido silenciosa a este monólogo en voz alta.
-Al de las gordas”.


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La sección El zoo el siglo XXI mejor se hubiese podido llamar “Los traseros de la trasera de El Mundo”, andando como anda siempre a la búsqueda de alguna precaria excusa periodística para colocar la foto de culos (y tetas); mientras, los culos eran la excusa de Bonafoux y Vázquez Montalbán para hacer periodismo. Sin duda, sensibilidades eróticas distintas.

El centro, de Vilém Vok

En Dublinesca, Enrique Vila-Matas incluye varias referencias al escritor checo Vilém Vok, autor de Algunos volvieron de largas travesías, The Quiet Obsession en su traducción inglesa, y del ensayo novelado El centro, del que cita este pasaje:

“La grandeza y la belleza de Nueva York reside en el hecho de que cada uno de nosotros lleva consigo una historia que se convierte inmediatamente en neoyorquina. Cada uno de nosotros puede añadir un estrato a la ciudad, consciente del hecho de que en Nueva York se encuentra la síntesis entre una historia local y una historia universal”.

Para el protagonista de la novela de Vila-Matas, el editor retirado Samuel Riba, Nueva York “ha tenido siempre la magia exacta de los mitos que a algunos le sirven estrictamente para vivir” y El centro “ha sido como la biblia que ha reforzado esa magia ayudándole en los momentos en que necesitaba de la idea de Nueva York ya no sólo para vivir sino para sobrevivir”. ¿Quién, teniendo la obsesión de Nueva York y buscando cualquier excusa para alimentarla, habrá podido contenerse y no salir disparado a procurarse noticias de Vok y de su libro?

Ésta fue la última vez que me vi engañada por Vila-Matas: Vilém Vok no existe. Estando tan reciente el chasco provocado por la ignorancia aliada con la credulidad y desconociendo, además, si Vila-Matas está con Arcadi Espada o con Javier Cercas y Francisco Rico en la querella sobre los límites entre el periodismo y la ficción, resultaba inevitable tomar con la mayor de las prevenciones la información bibliográfica que ofrecía en uno de sus artículos en El País: la reciente edición de La biblioteca de los libros perdidos, de Alexander Pechmann. La acumulación de indicios de fiasco ciertamente justificaban las reservas: al parecer, el libro se abría con la cita “basta que un libro sea posible para que exista”, tomada de La Biblioteca de Babel, de Borges; y el contenido –según la reseña, un ensayo sobre las obras literarias que, por los más diversos motivos, se perdieron o fueran destruidas– conectaba de forma tan perfecta como sospechosa con la obsesión de Vila-Matas por la literatura del No, la de Bartleby y compañía. Hubiese sido hermoso, además de repararme como lectora sagaz, un libro perdido sobre libros perdidos. Pero Alexander Pechmann existe y Edhasa ha editado su libro.

Los manuscritos extraviados por sus autores en un hotel o en una estación de tren, los destruidos por la propia mano que los alumbró o por la de sus herederos, los originales traspapelados por editoriales, las obras abortadas por las guerras y las exterminadas por la censura, los libros convertidos en cenizas por el fuego y los enterrados por el tiempo en circunstancias de las que nada sabemos, los libros proyectados y nunca escritos, los concebidos para un único lector y los libros de los autores sin obra son los que se guardan en la biblioteca de los libros perdidos, en cuyos estantes habrá que buscar la Titanomaquia, en la que Hesíodo narraba el origen del mundo, Mergites, la epopeya cómica de Homero, la biografía escrita por Goethe de un tigre cuyo cadáver congelado que fue enviado al duque de Weimar Carl August, las memorias de Byron, los cuadernos de notas y diarios de Thomas Mann, The Towns of Manhattan de James Fenmore Cooper y Una historia narrada de nuestra época de Joe Gould. También allí se encuentran los libros imaginarios de la literatura universal, aquellos que sólo se mencionan en otros libros, como el ejemplar preferido de Roderick Usher o el libro amarillo y envenenado de Dorian Gray.

Quién no querría leer estos libros. Pero entre todos ellos, echo en falta el que desde hace meses me obsesiona, el que ha adquirido la densidad de lo real en medio de la irrealidad de tantas otras lecturas ya perfectamente olvidadas, el que acabo de solicitar al subsublibliotecario de la Biblioteca de los Libros Perdidos: El centro, de Vilém Vok. En las cubiertas, sobre un fondo azul noche, una vorágine enmarañada de un azul eléctrico y nervioso. Nueva York, ciudad eléctrica y nerviosa, es el tema de la prosa torrencial y, al tiempo, contenida y sobria, de un digno heredero de Kafka. Aguardo ansiosamente en la sala de lectura a que me sirvan el ejemplar, a acariciar sus tapas de tela azul y a precipitarme en sus casi quinientas páginas, como quien se lanzara desde la aguja de un rascacielos sobre la ciudad, para poseerla.

El escritor mientras hace su obra


Documental dirigido y realizado por Enrique Baró.


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"El escritor mientras hace su obra..."
Estampa, 26 de febrero de 1929


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No hay retrato sin pose, esa fingida compostura que se adopta ante la mirada de los otros. Impostura por impostura, prefiero la que juega con la trampa a aquella que la niega arropándose en un pretendido naturalismo. El alarde de verismo ofrece como garantía el desaliño, como si éste no pudiera ser concienzudamente dispuesto y, por supuesto, juzgado favorecedor por el retratado.


Como dios


Joseph Pulitzer, que sabía bien de lo que hablaba, escribió: “El periodismo lleva implícito el arte y el deber de la omnisciencia”. Creo que la síntesis aforística sería perfecta si dijese así: “El periodismo lleva implícito el arte y el deber de aparentar la omnisciencia”.

El periódico presenta a sus lectores una versión del mundo que se pretende completa, perfecta, cerrada: los acontecimientos y su interpretación. En cierta forma, el periódico niega que algún hecho importante escape a su mirada y que exista otra lectura más atinada, justa y cabal de los sucesos que la propia. El discurso del periódico es totalizador y totalitario. Resultaría tan insólito como inconcebible aquel diario que admitiese: le contamos lo de Japón, pero lo que ha pasado hoy en Perú no me pregunte, porque ni idea; le hacemos un relato de los movimientos de tropas en Libia y de las últimas declaraciones de Gadafi, pero se me escapa cómo estalló todo esto y qué y quién está detrás; le informo de la publicación del remake de El hacedor, no obstante, estoy lejos de tener claro mi juicio literario sobre él.

Los diarios necesitan que hasta los ateos, que niegan un dios omnisciente, crean en el periódico omnisciente. Tanto es así que a los periódicos, a todos, les convendría el título de un diario –católico y antiliberal, para más señas– editado en Lugo a principios del siglo XX: La Voz de la Verdad.

Cráneo previlegiado


Vuelvo a ocuparme de un cráneo, en este caso, el de Schiller. A estas alturas, alguien podría sospechar en la nueva afición de este blog por las reliquias óseas el propósito de hacer la competencia a la genial Nieves Concostrina. Nada más lejos de mi intención. Pero es que, curioseando en la hemeroteca, me ha salido al paso un artículo digno de figurar en una antología de la esqueletomaquia. Fue publicado en el diario El Regional, de Lugo, el 23 de mayo de 1912:

“En la sepultura había setenta cráneos, el profesor Von Froslep los reconoció, y dijo: ‘Éste es’. Tratábase del cráneo de Schiller, el gran dramaturgo alemán, que, en popularidad, rivalizó con Shakespeare, el gran dramaturgo inglés. Un Congreso de anatomía se reunió en Munich y declaró auténtico este cráneo, que el profesor Von Frosiep presentaba victoriosamente.

Se tributaron honores al cráneo en cuestión; se guardaba en preciosa vitrina, por ante la cual desfilaban los alemanes piadosamente emocionados; era una reliquia, la bóveda protectora de un cerebro excepcionalmente sensible; este cerebro, vibrante armónicamente conmovió al mundo; y pues no quedaba del hombre otra cosa que el recipiente craneano, los alemanes adoraron en los huesos, descubiertos en hora feliz por el sabio y erudito profesor.

Los alemanes triunfaban de los ingleses en algo. Si de Shakespeare sólo quedaban las obras que aplaudimos todos aún hoy, de Schiller quedaban las obras y el cráneo: algo material.

Pero he aquí que sale ahora otro profesor, alemán también, para mayor desdicha, el profesor Von Welker de Halle, el cual demuestra que el cráneo dicho es apócrifo. No es, ni pudo ser, del gran Schiller. Las razones en que apoya su aserto parecen ser de una lógica aplastante, de un rigorismo científico que no deja lugar a dudas.

Mis lectores, sin duda, creerán que el asunto es de poca importancia. También lo creía yo; pero es el caso que los periódicos ingleses lo han comentado con tanto desdén y tanta ironía que los alemanes se han enfadado. Aquellos de deducción en deducción, llegan a burlarse de la ciencia misma en que los alemanes pretendían sobresalir. Esa monumental plancha de los anatomistas germanos les sirve para restarle prestigio a la misma cirugía. ‘¡Oh, jóvenes médicos que, recién salidos de las aulas, vais a Alemania, sabed cuán torpes son los alemanes en anatomía, base de la cirugía: los alemanes, las eminencias anatómicas de Alemania no saben distinguir el cráneo de Schiller de un cráneo vulgar’.

Los periódicos alemanes contestan a los ingleses airadamente y aún parece que el mismo emperador, cuyos talentos enciclopédicos le reconocemos todos, se enfadó también y para vengarse ideó construir un par más de acorazados. Esta es la réplica mejor. ‘A falta de un cráneo auténtico de Schiller tendremos dos barcos provistos de cañones rayados cuya autenticidad no podrán los ingleses negar. Y si persisten os ingleses en reírse de nuestros cráneos veremos si se reirán de nuestros cañones.

Es este un modo singular de derivar las discusiones; pero es eficaz. Los ingleses lo han comprendido en seguida y han dejado en paz el cráneo. Se ha cerrado la discusión.

Y es esto lo interesante, la moraleja. Creímos que cerrar las discusiones a puñetazo limpio era cosa propia de brutos; los hombres racionales no admiten más fuerza que la de la razón. Nos equivocábamos. Este cráneo apócrifo lo demuestra. Continuamos dándonos recíprocamente con la cabeza y vence el que la tiene más dura”.


Nadie ignora que el mundo no es una paradoja, ni tampoco una controversia; es un esperpento. Así, la única réplica posible a este artículo y su moraleja es la que pronunciaría el borracho de Luces de bohemia contagiando la curda a las vocales: “¡Cráneo previlegiado!”.