El minueto de Gluck (I)


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Es curioso, la oda está gustando mucho a los lectores digitales. Pero de la opinión que merece a quienes la han leído en el papel, no sabemos nada. Aventuremos una hipótesis. Supongamos a un incierto lector que, después de pagar dos euros (y no 1,50, que hubo que apoquinar precio de sábado en viernes) por el paquetito que trae la milonga nostálgica, se esté preguntando dónde estaba el escritor de odas cuando su periódico empezó a regalar lo que despachaba ese mismo día en los quioscos; dónde cuando a su periódico se le ocurrió a dar de balde la víspera lo que iba a vender al día siguiente; dónde, sin ir más lejos, la última noche electoral, cuando un colega de su periódico donaba graciosamente en una televisión el agudo comentario que escribió durante una pausa publicitaria, la muy meditada columna que se pudo leer gratis en internet antes de que el tertuliano levantase el culo de la silla para desaparecer de la pantalla y que pretendieron cobrar al día siguiente en la lonja. El improbable lector de nuestra hipótesis se siente ligeramente desconcertado; él diría que lo han mandado a que le ondulen con la permanén y vaya si le han ondulado. El bucle ha quedado perfecto: los estafadores le han colocado, previo pago, el discurso que justifica la estafa y que lo anima además a seguir dejándose estafar ¿con resignación? ¡No, alegremente! ¿Pero existe el «dinosaurio alegre en la víspera de la gran glaciación» al que parecía dirigirse el escritor de odas? ¿Dónde está ese bicho?, que preguntaría un Larra escéptico. El director del periódico responde que no sabe, que cuando él despertó de la siesta, el dinosaurio ya no estaba. Más que incierto, más que improbable, el lector loado, ese aristócrata convencido de que «el único sentido de la vida es desayunar un día más» mientras pasa las hojas de periódico, resulta inverosímil. Como nunca se ha visto a un periodista escribir para quimeras y demás monstruos mitológicos, cabe sospechar entonces que la oda fue concebida para el deleite de los lectores ciertos y probables, los digitales. Ellos acarician la oda o la bola, redonda, pequeña, suave, tan blanda por fuera, que se diría toda de algodón. Porque la nostalgia es una mentira de la memoria que parece algodonosa… a los que les sale gratis. Al lector que hubiera soltado los dos euros, si ese lector no fuese el absurdo desvarío de un delirante febril, el caso le parecería un fraude con escarnio y saldría corriendo a poner una denuncia en la comisaría más cercana o a prender fuego en Miguel Yuste.