El minueto de Gluck (II)





Parece fácil, pero no. Es el del escritor de odas un trabajo grave y arduo donde los haya. No le es dado a cualquiera garrapatear efusiones líricas a propósito de cuatro tópicos resobados. El género requiere un estilo inflado e inflamado, su poquito de meditación seudofilosófica y un buen chorretón de cursilería. El escritor de odas no nace, se hace. Y el novel ha de saber que la competencia es dura. Puede entrenarse contando el cuento del Cuéntame y cómo se desbravó (él o su padre) en el diario Pueblo. El que no haya crecido en la nostalgia de un culebrón televisivo tendrá que aprender a sacar partido a aquellos años heroicos que se tiró haciendo gacetillas del pleno municipal o de otras ferias de ganado para un periódico de las provincias bárbaras. Allí su jefe, un tipo de incompetencia risible, no advertía que el mindundi que tenía delante de sus narices era un genio llamado por el futuro a las más altas misiones en Madrid o Sarajevo. Pero el pipiolo imberbe ya se afeita o se deja crecer las luengas barbas del mainstream hipster; el tiempo y la testosterona han obrado el milagro y ahora escribe odas épicas, que es un género más que viril, macho.

A estas alturas, el aedo ya puede recitar de memoria los primeros pasajes de la larga égida de periodista vocacional, que arrancó en aquellos remotos días en que no sabía escribir y tenía todo el hambre del mundo, cuando él era el esforzado muchacho que abría la redacción… y el que la cerraba. Tiempo después se vino a Madrid; la verdad es que no se le perdía nada en la villa y corte, pero el destino es ineluctable: estaba escrito que conquistaría el cromo de su jeta encima de una columna. Lo que no quita para que esté convencido de que hay una sobredosis de opinión, que todo el día lo pasamos sorteando profetas, que el reportaje y la crónica no tienen el prestigio que merecen y que, si por él fuera, ahí estaría, a la intemperie, haciendo la calle, pero la suya (¡qué se le va a hacer!) es la penitencia de Simón el Estilita.

Algunas estrofas estarán dedicadas necesariamente a sus maestros y, llegado a este punto, el escritor de odas puede encontrar ciertas dificultades para convencer al público de que la levita de Larra y hasta la gorguera de Cervantes le sientan de perlas. El aprieto no es insalvable. Siempre podrá hacer un batiburrillo con Chesterton, Camba y Wenceslao, aunque lo suyo sea el costumbrismo feliz y bienqueda, sin pizca de gracia, de un Mesonero. Porque no va a decir que pertenece a la estirpe de Rabadán y Carnerero, también puede invocar el bigotito grimoso de Ruano, al estilo de Umbral cuando predicaba que Caliente Madrid era uno de sus libros más bellos, tan sugestivo, huertano, refrescante y mágico como su articulito sobre los puestos de melones en el abrasado asfalto de la capital. Si el escritor de odas es la encarnación misma de la escurridiza anguila, tal vez prefiera citar a Chaves Nogales, al que convertirá en el egregio representante de la tercera vía entre las dos Españas que le hielan el corazón, porque mentar a Martínez de la Rosa, alias Rosita la Pastelera, que es lo que correspondería, suena algo viejuno y demasiado castizo. No, él es modernillo y cosmopolita y conoce the very lastest trends, ha leído la Gran Novela Americana, a las vacas sagradas del New Yorker y El adversario de Emmanuel Carrère, que es cortito; lo que no es óbice para que esté familiarizado con la obra de los grandes clásicos, Shakespeare, por ejemplo, se ha tragado las obras completas de Shakespeare versionadas por la HBO. El escritor de odas que lleva en el oficio más que Matusalén no puede obviar la referencia vintage a Ben Bradlee, que él entrevistó en una ocasión, aunque cualquiera diría que fueron mil a tenor de las veces que lo ha recordado, en feroz competición con quien vio al periodista yanqui en su propio elemento, vale decir, en su despacho del Post, durante unos minutos que bastaron para que se le contagiaran los tirantes y las camisas a rayas que tiene que vestir obligatoriamente cualquiera que aspire a destapar un Watergate y a fulminar a un presidente.

El escritor de odas añoso no evitará caer en la tentación de confundir el periodismo con su propia persona y la edad de oro del oficio con su juventud, cuando podía tirarse tres días sin comer, una semana sin dormir y caminar por el desierto de sol a sol sin desmayo, cuando se pasaba seis meses en Eritrea para escribir un reportaje destinado a la portada y a la gloria. Ahora, ¡ay, ahora!, el periodismo ha dejado de ser un ejercicio profesional de tíos preparados, formados para ello o con talento, en el cual las voces eran autorizadas para una especie de competición por ver quién da más, más fuerte, más rápido. Dicho en román paladino, el periodismo se ha amariconado y la mayor proeza de las nenazas que hoy escriben periódicos es citarse en Twitter para intercambiar bombos y en una revista, cuya línea editorial es la guerra sin cuartel a las cartucheras, para hablar de política, bares, chicas y de que les hace falta ir con urgencia a la peluquería a asear las greñas de rock and roll star.

Tal vez el escritor de odas no haya hecho la guerra en Flandes, ni pisado en su vida la arena del desierto, pero tiene bien hollada la moqueta de la redacción. Pasito a pasito, ha acumulado en su carrera de funcionario todos los trienios, quinquenios, sexenios  y decenios posibles. La indiscutible autoridad con que está ungido el veterano burócrata le permite escribir cartas a un joven periodista. Cual nuevo Erasmo condensa para sus pueri toda la sabiduría acumulada en su larga existencia oficinesca en un lema: ¡Vale la pena vivir por este oficio! Cierto que la exclamación es un plagio de Albert Camus (¡no hay que arrugarse a la hora de la rapiña!), pero los versículos que siguen, con su lírico ritornelo, fueron evacuados por el propio caletre: El periodismo es un oficio bello como la primera palabra dicha por un niño o bello como la ola de Mundaka o bello como el mar de Puerto Rico o la sensación que te dio cuando te premiaron la primera crónica o bello como cuando terminas la última crónica o la última noticia del día. ¡Oh, beldad, cómo se atreven a denostarte! ¡Qué no daría yo por haber sido parido, como Ortega, encima de una rotativa! ¡Qué no daría por entrar por primera vez, de nuevo, en una Redacción, a oler papel y tinta o… lo que sea! Sí, hay que escribir en mayúscula el nombre del templo del periodismo y elogiar el aroma que exuda el papelamen, hasta que lo respiro, el día no ha comenzado aún, ahora que no me dejan tomar café por las mañanas y ahora que el periodismo es un pincha-pincha que lo peta inodoro. No se puede arrugar la nariz al preguntar: ¿Por qué demonios quieren ser periodistas? Al fin y al cabo, el negocio está muy difícil y hay que carretear como sea pupilos a los cursos, talleres, seminarios y demás fantasías en los que los escritores de odas ganan un sobresueldo desentrañando los alucinantes secretos de las nuevas narrativas periodísticas, tales como la crónica adulterada, pero cierta en esencia, del juez con alma de puto. No se venden matrículas diciendo a los chicos que piden aprobación para su propósito de ingresar en el periodismo lo que, invariablemente, les respondía Carlos Crouselles: ¡No, que pereces!

Posdata: Hay periodistas con inquietudes teológicas y teleológicas que, preguntándose por el sentido último de los suplementos que hacen, responden: Enjugar la melancolía de las noticias. También los hay que recitan el catecismo: Para mí la religión del periodismo es la decencia. Y, por último, están los que hablan latín inter nos y predican desde el púlpito que no sólo de pan vive el hombre, que también hay que pedir a la Providencia el periódico nuestro de cada día. Parecen escritores de odas, pero en realidad son párrocos. Conviene no confundir las categorías. La de los curillas merece capítulo aparte.